el hubiera no existe, nunca ha existido.

Si me hubieses preguntado por esa banca rota, sucia y abandonada en la que me encontraba sentada; por el árbol seco y pequeño -que nunca creció a pesar de tantos años plantado- que estaba a unos metros de ahí, por los colibríes que iban y venían -frente a mi- de flor en flor; por la misteriosa mujer que siempre estaba en los columpios todos los días a la misma hora sin razón; por los niños que me sonreían con dulzura los 7 días de la semana al verme ahí en el mismo rincón; por los dorados rayos de sol que lucían preciosos bañando cada colorida flor del parque; por el roció húmedo y helado que adornaba el pasto cada mañana después de una intensa noche de escalofríos. Y quizás, tal vez hasta me hubieses podido preguntar sobre mi. Sobre porque estaba cada minuto de mi tiempo esperando verte pasar, sobre porque me entraban escalofríos que mataban mi alma si algún día no te miraba como de costumbre, o sobre porque mi corazón perdía latidos día con día por ilusionarse y pensar que te acercarías a hablarme o preguntarme sobre todas esas anteriores cosas; o por cualquier otra.
Pero jamás pasó. Nunca supiste porque la banca estaba vieja y rota; porque ese pequeño arbol se seco y nunca creció a pesar de estar tanto tiempo en la tierra; porque los colibríes hacían maletas para viajar decenas de veces al día frente a mis ojos; porque en los columpios siempre estaba esa mujer misteriosa que se mecía sobre ellos con una expresión sobria y melancólica; porque acostumbraba recibir sonrisas de niños dulces y tiernos cada 5 minutos; porque el sol mantenía viva a toda la flora del lugar con solo un par de sus relucientes rayos dorados como la miel; o el porque el roció hacia berrinche tras berrinches cuando llegaba la hora de secarse y retirarse del pasto cada mañana. Nunca supiste, ni de eso ni de nada. Porque jamás te acercaste a hablarme. Jamás te intereso regalarme aunque fuese un suspiro o una mirada fría y reseca. A mi no me importaba, solo quería escuchar el timbre de tu voz, el que nunca había tenido la dicha de escuchar desde que tenía suficiente capacidad de memoria. Mi corazón solo quería imaginar que le hablabas, que las palabras eran especialmente dirigidas a él... a mi. Daba igual si esas palabras eran tan iguales a "no te conozco" o tan diferentes -y lejanas- a "me gusta como me miras y sonríes".  Nunca lo hiciste (nunca te intereso salvarme de mis llantos silenciosos o de la muerte inminente que atacaba mi corazón día tras día por tu culpa).

1 comentario:

¡Lilith! dijo...

Guau...es impresionante como escribes. Es encantador tu blog, en serio. Voy a seguirte inmediatamente!

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